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A propósito de Dios

Dios no existe. No puede existir. Su existencia misma sería incoherente con su grandeza. Por tanto dios existe, pero siempre y cuando existir no implique consciencia ni nada que lo una a la realidad material.



Si se es, si se está, puede dejar de serse y de estarse; con la existencia sobreviene la duda y lo divino es la certeza. Todo lo que es puede dejar de ser. Solo lo que no esta dura para siempre.



Incorpóreo y etéreo. Inexistente, inalcanzable. Invisible, omnipresente, omnipotente, infinito y eterno. Si tal se es. Si así se describe. No queda duda de que es energía en estado puro. Presente en todo y ausente en todo. Materia y antimateria. El todo y la nada. Como siempre se ha descrito “el alfa y el omega”, principio y fin.



Acercarse a Dios, así visto y así descrito, dista mucho de lo que entendemos por estar cerca de Dios. Sería la ausencia de todo, la humildad extrema, la falta de necesidades y deseos, de cuerpo, de esperanza, de todo aquello que no sea centrar nuestra mente en extraer toda nuestra energía y focalizarla en un punto externo a nosotros, externo al mundo, cercano a la nada del universo, al vacío, al desorden ordenado de un caos cósmico hasta llegar a morir y dejar de ser.



Dios existe porque no lo puedo ver. Dios existe porque es un no ser completo, un no ser carente de todo que todo lo posee por no poder perder nada.



Yo soy tan pequeño, tan humano, que cómo describir eso que creo que se. Es imposible. Ningún existente puede entender, comprender, apreciar y transmitir algo tan grande. Quizás por eso ninguna religión acierta, ninguna sirve para unir a los hombres y explicarles las verdades, pues solo son interpretaciones parciales de personas parciales, finitas, que no saben realmente más que cuatro cosas de si mismos; como yo y como todos.



¿Quizás el mundo se iría al traste si quisiéramos ser uno con Dios? Si, por supuesto.



Deberíamos desprendernos de todo, despojarnos de los bienes, los lazos, las creencias, la familia, nuestros miedos y por último abandonar nuestros cuerpos. La mente no puede estar centrada en nada que no seamos nosotros mismos si antes no dejamos de ser. Por lo tanto, deberíamos pasar a otro plano de existencia para poder ser energía y así acercarnos al concepto de Dios que todas las religiones defienden. Pero en ese estado, quizás no seamos conscientes de nuestra identidad, quizás dejemos de ser para poder no ser junto al resto de inexistencia que existe en los huecos oscuros del universo. Puede que definitivamente sea inalcanzable existir en un aquí y un ahora pretendiendo ser en un “para siempre” en todos lados.



Recojo, por último y como punto final, en esta divagación sobre lo divino, unas palabras de Cicerón que vienen al caso de mi razonamiento: “Dios, tal como nosotros lo concebimos, no puede concebirse más que como un espíritu puro, independiente y libre de todo elemento material, un espíritu que percibe todas las cosas, que imprime movimiento a todo, teniendo en sí el principio del movimiento eterno.”

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